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septiembre 20, 2018

POEMAS DE ALBERTO SZPUNBERG




Foto intervenida, original gentileza de APU 



APUNTES

I

Es así, como la lluvia en la tarde,
nunca termino de llegar al fondo de tus ojos.
Demasiado dolor para hablar sueltamente del futuro,
cuando el húmedo brillo de la corteza huele a un bosque
crecido de golpe en el corazón del invierno, esta tarde,
esos muertos.

Pero a qué abrazarme sino a ti, contra qué ventana
ver los hilos de la lluvia sino en tus ojos,
desde qué espera, bajo qué silencio.

¿A qué huele la tibieza de tu abrigo de lana
si no a esta lluvia, si no a ti misma,
tejida y desflecándose en el aire de la tarde?

En la hornalla ronronea el agua.
Encendamos un cigarrillo en su fuego y fumemos tranquilos:
existes, vivimos, y creo que te amo.


II

Y digo "creo" porque no sé, nunca sabré.
Como si te dijera: he visto esta mañana dos o tres hojas
amarillas que se agitaban en el árbol, un árbol,
pura fragilidad, inminente pero delicada, en el aire frío
de diciembre.
Como si te dijera: esta mañana salí al balcón y, a mis
pies, la parra era una espesura macilenta recorrida
apenas por el susurro de las voces,
no sólo esas ahogadas brutalmente sobre la tierra, pero
también esas voces ahogadas brutalmente sobre la
tierra.
Entonces, ¿dónde empezó el encuentro, no de un
cuerpo sobre otro sino de una sombra en la otra o
del aire con el aire o de una mirada hacia la otra?
¿en qué momento de ayer -¿de qué ayer?- dejamos de
ver las cosas para adivinarnos, a tientas, uno en el
otro y en los otros, o sea, válida luz esta luz la del
presentimiento?
¿a la mañana de qué día hemos llegado o vuelto cuando
nos inunda el mar azul, y los barcos pudriéndose
sobre la arena, y el olor a historias de hombres sin
otra historia que el tiempo justo para vivir y morir?
Desde la ventanilla del tren se alcanza a ver la vieja
casona donde la hiedra es un fino trazo sobre los
altos muros.
Es un resplandor fugaz, muy fugaz, que ilumina tu perfil
dorado por el sol.
¿El sol? Sí, creo que es el sol.


III

"Como si te dijera", o sea, todo esto es un decir,
también este poema.
Por ejemplo: esta mañana pude descubrir en el perfil
de la montaña un gesto que es tuyo, sobre todo
cuando observo tu rostro contra el cielo, y ambos tan
inasibles.
Pero no pensaba en ti, sino en la montaña, allá arriba
donde el cielo también es inasible,
allá en lo alto de esa ola que no deja de avanzar en su
tiempo, el mismo que empuja en el fondo de todos
nuestros días.
Pero detenida para nosotros en el horizonte, podemos
encontrar nuestro camino en relación con ella, su
soledad,
tu gesto ese que tampoco deja de empujar y empujar
en el fondo de todos mis días, mis mañanas, mis
silencios.
Como si te dijera: no pensando en ti sino en la
montaña pude pensar que te encontraré y
hablaremos,
aun sabiendo que tu voz me distrae de todo lo que
dices.
Como si te dijera: entre palabra y palabra, el poema
vuelve a ser un juego inocente.



IV

Sí, también "allá arriba", en la montaña, "el cielo es
inasible",
menos en estas tardes en que toda la lluvia parece bajar
lentamente a posarse en su cabeza,
menos en estas tardes -ya sé, ya sé, "esos muertos" -en
que la lluvia se asoma al ventanal de la casona y
humedece la corteza del árbol que la cubre.
Sólo a su puerta recostaría mi cabeza sobre tu hombro
y te diría: "he caminado mucho, tengo hambre y sed".


V

No se trata de la tierra, pensaba, sino del oscuro
corazón de la memoria,
esta sombra socavando antes y ahora la sonrisa que
curva sospechosamente tus labios, la húmeda
hondura de tus ojos: "esta tarde, esos muertos".
Mis dedos entre tus cabellos no destejen toda la
tristeza ni toda la alegría, pensaba decirte, siempre
inseparables e infinitas,
como tu perfil contra el cielo, pensaba, como el
trazo firme de tu perfil contra la transparencia de
diciembre, pensaba,
pero "hasta la alegría de los chicos entristece" son tus
palabras
y tus palabras son toda tu voz, sin distracciones,
como si de pronto la poesía fuera este poema, este
juego inocente donde también cabe la muerte, sin
distracciones,
y ahora, ¿cómo saberte sobre la tierra sin esta caída
agazapada debajo de tus huellas?
y antes, ¿cómo amar tu perfil contra el cielo sin tentar
el vacío?


VI

Pero fumemos tranquilos, también en la casona de altos
muros -"fugaz, muy fugaz"- alguien se inclina sobre
la hornalla y enciende un cigarrillo,
también los días que vendrán palpitan en este oscuro
corazón.

Para asirte, sólo y apenas la yema de los dedos:
sólo del aire la caricia aprende a contenerte.


VII

Aprendí de tu desnudez
la tarde en que supe lo que ella tiene que ver con el olor
de la lluvia.

Ahora que llueve, aprendo de la lluvia,
íntima y transparente como tu desnudez en la tarde.

Huele a tierra, a hojas, a tristeza, a tu rostro, y sin embargo,
todo lo que se puede decir sobre la lluvia son palabras:
lo único cierto ella misma lo dice contra la ventana,
contra el vidrio empañado donde sólo es posible dibujar
tu nombre.

Sí, ya escucho, "en la hornalla ronronea el agua", afuera
anochece.
Miro cómo comienzan a llorar tus letras y callo:
la única manera de amarte ahora es callar y oír.


VIII

Nunca dices toda la verdad, nunca mientes.
Como si dijera: el ruido de las ramas agitándose no es el
viento,
el ronroneo del agua en la hornalla no es la tibieza,
ni siquiera tu cabeza sobre mi hombro es tu presencia,
pero todo lo que ocurre entre hoja y hoja ocurre en la raíz
y la taza de té que enfrían tus manos no ocurre sólo
entre tus manos.

Como si dijera: nada hace pensar que es así, pero todo
lo confirma,
hasta tus destellos de sombra con que me iluminas.
Nunca dices toda la verdad: siempre existes.


IX

Las manos sobre tu rostro, los labios bajo tus besos,
creí "llegar al fondo de tus ojos" y no volver, o sea, no
llegar:
¿nunca habré caminado lo suficiente para apoyar mi cabeza
sobre tu hombro y rehacer el camino:
la hilera de pinos trepando la montaña, un adiós casi,
un gesto tuyo,
y el ocre macilento donde el futuro es sólo una semilla
arrojada al rigor del invierno?
En realidad, estoy triste: en realidad, no estoy triste;
en realidad, toda verdad es arrojada siempre al rigor y
sabe a despedida;
en realidad, te miro a los labios y espero:
ahora mi silencio ya no es lo que callo sino las palabras
que me faltan,
también esta humildad es otra forma de creer que te amo.


X

Esta charla queda que continúa el silencio y es
continuada en silencio, quedamente:
ahora sé que también puede ser verte partir,
no el abandono sino los graves movimientos de la luz
que nos transita y transitamos,
sabios gestos del aire que anima nuestra tibieza y nos
traspasa,
su gracia imprevista al hacernos íntimos de la tarde, más
exactamente: dolor de la belleza de la tarde,
"esta tarde" toda cielo que envuelve tu cabeza pensativa.
Mi mano roza tu sonrisa, se deja tentar hacia la derrota
del miedo.


XI

Hay un hombre que contempla la vieja hiedra y busca
una palabra que no encuentra,
toma del suelo una hoja caída y sueña con la palabra
que no encuentra esa palabra,
la hoja -"dos o tres hojas"- es quebradiza y cruje entre
las manos de un hombre como si fuera la palabra que
busca y que no encuentra,
pero sólo tiene los bordes rojizos como el atardecer,
"esa tarde" en que hay un hombre que busca una
palabra, esa palabra, y no la encuentra.
Mira la tierra, el muro rugoso bajo el sol -"creo que es
el sol"-, pero es otra la palabra que no encuentra:
¿será tu nombre que él no sabe y yo creo saber,
cualquiera de estas palabras que él no lee y yo creo
escribir?
A través de las hojas de la hiedra el hombre cree ver la
palabra que no encuentra,
pero son las nubes de bordes rojizos como la hoja en el
atardecer, "esta tarde" en que hay un hombre que
busca una palabra y no la encuentra, "esos muertos"
esa palabra.
Vendrá la noche y el hombre se sentará al pie de la
hiedra agobiado por la palabra que no encuentra,
se dormirá soñando con la palabra que no encuentra,
y se despertará balbuceando inútilmente esa palabra que
no encuentra,
y volverá a casa -"la vieja casona donde la hiedra es un
fino trazo sobre los altos muros" -y encenderá la
hornalla pensando en la palabra que no encuentra,
"esta tarde", esa palabra,
se inclinará a encender un cigarrillo y yo escribiré “el
agua ronronea” y tú leerás “El agua ronronea” y él
oirá que el agua ronronea.
Sin saber por qué -"porque no sé, nunca sabré" -recién
entonces el hombre podrá fumar tranquilo, "esta tarde",
esta misma- sí, "ya sé, ya sé, esos muertos"-
en que hay otro hombre que busca una palabra y no
la encuentra.
Como si otro hombre dijera: "tu voz me distrae de todo
lo que dices",
como si otro hombre dijera: "de pronto tus palabras",
como si siempre otro hombre dijera la palabra, tu
nombre quizás, este silencio.


/////


Sólo ella puede transformar la hoja en palabra
en este poema que sostenido por ella sólo existe,
esta hoja de roble a trasluz de las llamas
hasta que sus nervaduras ardan junto a su rostro pensativo:
demasiado fuego para que no crepite entre sus manos
como breve ceniza que se suma a la ceniza,
humo fugaz que sube hacia la niebla
donde el roble sostiene la tristeza del mundo
para que exista este poema donde ella, sólo ella
transforma la palabra en hoja para que siga ardiendo.

Volvamos a empezar,
mejor dicho, ¿en medio de qué aire o viento, digamos
viento, cayó la hoja que ha levantado para dejarla
caer, o sea, para dejar que vuelva a empezar a caer en
medio de otro aire, digamos país, digamos viento,
otro viento que la devuelva a otra hoja, a otras
manos que vuelvan a empezar en este gesto tan vano
si se quiere –“pensativa en el balcón”- de volver a
empezar lo que nunca comienza ni termina?

Ella vuelve del balcón, sonríe, gira
y sus manos sobre mi frente borran toda la sombra de
las huellas, todas las prisas,
“trémula y efímera como el equilibrio entre el cielo y la
tierra”.

Por qué, me pregunta por qué
Cuando acaso el amor –la poesía, tan vana si se quiere-
Es la única coherencia de lo azaroso.



LUCES QUE A LO LEJOS

El mar, yo sólo dije el mar, pero igual tiemblo:
todos estos bosques también pudieron haber sido o serán
barcos crujientes que con las velas hinchadas dejan
estelas, jarcias, banderas, gallardetes, esloras, grumetes,
medusas y brújulas inquietantes sobre el mar,

¿el mar? ¿por qué yo sólo dije el mar cuando sólo
bastaría con poder mirarse a los ojos y decir
naturalmente “bitácora” o simplemente “equinoccio”
o apasionadamente “Perla de Labuán” o “altos
sureste” y dar vuelta la página o, escuchame, “hacia
las rompientes empujan los vientos que soplan
implacables a estribor”?
pero tanta belleza se me confunde finalmente con ella,
ella que salía del mar como un animal fantástico.


(de Apuntes / Luces que a lo lejos, Colihue, Buenos Aires, 2008).






l vero amore è una quiete accesa
Giuseppe Ungaretti, Silenzio in Liguria.
    
    
    
     vi.
    
     Todo el amor cabe en la mano
     cuando la mano se vierte sobre un cuerpo
     que se derrama de goce
     al roce de la mano:
    
     de un cuenco a otro cuenco
     se vuelca la transparencia
     que calma la sed más antigua,
     los veranos más violentos,
    
     y de esta ligereza nace el empeño
     de desmentir la gravedad del mundo,
     hasta que se cuelen por entre las caricias
     sus cuerpos suspendidos,
     únicos.
    
    
     vii.
    
     Huelen a hoteles imprecisos,
     valijas entreabiertas, destinos mal hablados:
     lo que uno busca en el otro
     se evade entre gestos confundidos, azarosos,
     por una calle que conduce a lo que hoy ya es distinto:
     la última verdad se desvanece en cada encuentro
     y en ella se hacen fuertes,
     sin embargo,
     los días.
    
    
     viii.
    
     No hay después, no hay más tarde, no hay mañana,
     sino el gesto de ella en la tibia desnudez que continúa
     las horas más duras, las de siempre,
     como si todo siempre comenzara.
    
     El aire se inquieta por las cartas que no llegan
     y agita las cortinas cerradas a la tarde.



(de La encendida calma, Delbolsillo, Buenos Aires, 2002).




A Victoria y Sabina, mis hijas
A Shila, la perra
A Tula, la tortuga
A Manolín, la lagartija
A los compañeros de la Brigada


V

Vuelvo a hablar del río con el río
como el agua con la orilla:

aquí nací
y donde sea que muera qerá aquí,
sobre este mismo pálpito:

la leve firmeza de los pasos
saben lo que nuestros pies ignoran,
descalzos sobre arenas
donde nunca quedan huellas del camino:

besos esparcidos entre labios
lejanos, casi ajenos, inexpicables.


Hay matorrales que ceden a las corrientes
y otros que resisten con las raíces
hundidas en el barro
hasta que un golpe de agua las desprende
con tal delicadeza,

como sólo la muerte es pasajera:
acaso por eso flotan y se balancean
transparentes islas
en la demora del remanso.


VIII

Yo sé que mis pasos ya trazan la ausencia
y nada ni nadie ni nunca,
ni siquiera ella,
colmará el infinito asombro.

En qué mar, vaya a saber, será el reencuentro,
en qué mar arrojado contra qué rocas,
en el embate de qué tiempo
contra el trabajo sucio,
imperceptible,
del olvido.

XII

Yo sé que este poema

-la lluvia que se derrama
desde las hojas moradas de la hiedra,
ausencia sobre ausencia,
hasta dar con el fulgor de la noche,
imprescindible,
en el más humilde paisaje adoquinado-

yo sé que este poema,
-delicadeza de la tenacidad infinita-
no sólo a mí me pasa.

XVII

Diferentes
como dos gotas de agua
de la misma lluvia,
incontables
como los días
de una misma jornada,
olemos a tierra húmeda
donde el viento al azar nos siembra.


XXIV

Acariciarte es también una manera
de buscar la verdad,
como si tus mejillas fueran
lo que parece que es tu rostro
que reconozco o adivino
pero nunca del todo
y no te encuentro, verdad, sino cuando te busco
y no te encuentro,
verdad,
hasta que cada caricia que te encuentra
te pierde,
desnuda,
pero nunca del todo,
sino sólo un instante
para siempre.


XXVII
No en el papel
escribo tu nombre,
sino en la trama del papel,
donde aún respira el bosque herido,
el desgarrado tapiz de la memoria.


XXXII

Las nubes, más arriba,
el viento,
y nada, nada,
ni siquiera el bisque se detiene.

Acá abajo, a nuestros pies,
entre las rocas,
¿qué presagian las aguas oscuras
si no la noche
de las entregas infinitas?

Y un velo de lilas,
segundos apenas del aire mismo,
ligero, tembloroso,
envuelve los árboles y la nieve,
y nada, nada,
ni siquiera la montaña permanece.

Cierro los ojos, vida,
como si horas después la marea
fuese a cubrirnos
en su constancia de espumas y de sombras.

Un graznido
sella el silencio.


XXXV

Caminas sobre tu propio corazón
y en él tienes tu casa, la quietud, el fuego,
a pesar de los días desolados:
te echas sobre el suelo
y escuchas latir el mundo
como si fuesen tus propios pasos
que se acercan.

(de El libro de Judith, El Surí Porfiado, Buenos Aires, 2008).




HABLA PIATOCK

Yo, Piatock, vi muchas cosas en mi vida:
en vísperas del día más terrible de todos los días, asistí al
parto de un cordero de dos cabezas:
con la una asentía, con la otra negaba, pero en sus cuatro
ojos brillaba
la misma única mirada de los que de una u otra forma van a
morir.

Yo sentí que los cuatro ojos me miraban
y aún humedece mis ojos la misma única mirada.


EL CORDERO DE DOS CABEZAS FORMULA LAS CUATRO PREGUNTAS

– ¿Por qué esta noche es diferente a las demás si quien
    pregunta responde por otra boca y en ésta ya no hay
    palabras sino chirridos de arena entre los dientes?

– ¿Por qué esta noche es diferente a las demás si la
    amargura sólo nos recuerda el cautiverio y es
    precisamente el recuerdo lo que más nos cautiva?

– ¿Por qué esta noche es diferente a las demás si, contra
    el más elemental sentido, nos bañamos dos veces en la
    misma sangre?

– ¿Por qué esta noche es diferente a las demás si afuera el
matarife afila pacientemente su cuchillo y ahora
recostarse acaso sea dormirse para siempre?



LOS MIEMBROS DE LA ACADEMIA OBSERVAN EL MILAGRO DE LA COPA

– Levanto la copa para la bendición del vino y, a la altura
de los ojos, allí donde llega cualquier mirada, incluso
la mía, apoyo la copa en el aire y abro la mano, como
quien da o saluda o se cubre del sol, y es evidente que,
antes de estrellarse, la copa permanece en el aire
sostenida por sus propios destellos...

– Pero es todo muy fugaz para que una fragilidad que
finalmente se estrella sea un milagro...

– Sé de una copa que, sin que nadie la levante, entre el
último suspiro del viernes y el primer suspiro del
sábado, titila sola en el aire y nadie sabe si es la primera
estrella o un simple pestañeo o una chispa perdida o una
luciérnaga entre muchas, y hasta los 36 justos se llenan
de dudas, pero son las mismas dudas las que hacen más
justos a los justos y santifican el sábado...

– Pero la copa que cae finalmente se rompe y el sábado, en
cambio, continúa...

– También un corazón se rompe, pero el final de un milagro
es parte del milagro y nadie, ni la escoba más feroz, ni la
limpieza más étnica, ni la contradicción más antagónica,
nadie puede hacer a un lado la última astilla de cristal si
también ella, aun pequeña e insignificante, desnuda los
colores de la luz y reverbera y resplandece...

– Pero si lo peor, Él no lo quiera, ocurre en el preciso
instante de la bendición del vino, también se pierde el
vino...

– Siempre algo del vino se esparce y huele en el aire, pero
quién puede hacer a un lado la última gota si también en
ella se refleja y tiembla la primera estrella, sin olvidar
jamás que, al fin y al cabo, la verdadera bendición del
vino es el trago y el descanso...

– ¡Salud y R.S.!

– Por los siglos de los siglos, amén…



EL OBRERO DEL VIDRIO ANALIZA LAS CONDICIONES OBJETIVAS DEL MILAGRO DE LA COPA

¿De qué milagro me hablan si soy yo quien carga todo el
desierto sobre mis hombros y luego vuelco su arena en
el crisol y recojo el líquido ardiente en el molde y le doy
la forma de mi sed y pulo su hueco como el vacío de mi
hambre y aún sangra en la palma de mis manos el
recuerdo de la astilla más pequeña?

¿De qué milagro me hablan si cada vez que toco la realidad
hasta el aire es áspero y mis caricias siempre dejan
huellas y hasta a veces, sin querer, hacen daño?
¿De qué milagro de la copa me hablan si es una maniobra
más de la fábrica de vidrios y cristales Glasserman Hnos,
cuyas acciones suben o bajan según me hundo o emerjo,
pero siempre con el desierto a cuestas, con esa transparencia
entre los ojos, esa redención, ese espejismo
que hiere y se aleja, siempre se aleja?



EL POETA PASA POR PLAZA DE MAYO Y DESCUBRE AL PROLETARIADO

Tiene razón el compañero Obrero del Vidrio:
yo empecé como copista del Libro, letra por letra, punto
por punto, hasta que una primavera me di cuenta de que
nunca lo mismo es lo mismo:
era justo el momento en que yo empezaba a copiar el
primer signo cuando el aire de la siesta abrió de golpe
las ventanas y eché una mirada, una sola mirada al
inmenso mundo:
no lo volvería a ver hasta levantar la vista de la última letra,
del último punto,
y recuerdo como ahora que el cielo con sus columnas
infinitas y sus minúsculos engranajes zodiacales y sus
palacios de piedra levantados sobre el viento y su
ejército de ángeles y arcángeles era otro
y que la tierra con sus barros y sus odios y sus guerras y sus
hambres era otra
y que las letras y los puntos de siempre, que ya
empezaban a formar las palabras de siempre,
en principio eran otros,
y cerré los ojos y descubrí que los signos de siempre
estaban a punto de crear otro cielo y otra tierra y
de empezar en realidad un nuevo Libro,
y ahí caí, compañeros, en que todo momento es el
momento justo.


EL MÚSICO EXPONE SUS QUEJAS DE BANDONEÓN


a César Stroscio


Tiene razón el compañero Poeta:
yo empecé con un do de pecho en el coro del oberkantor,
pero terminé siendo su yerno, y mi vida empezó a
cambiar por las noches con el crujido de la escalera de
madera: a veces, era ella que subía y bajaba y la música
era ella, pero otras veces los escalones crujían porque sí
y la música que subía y bajaba era sólo música: una
noche blanca abrí la ventana a la más nocturna de las
claridades y advertí que los vientos que suben hasta el
cielo y bajan desde el cielo trepan y se descuelgan por
escalas que también son de música, y aunque a esa hora
nadie camina por las calles, la música igual sube y baja
por ellas como si fuese ella la primera nota de la noche,
y entendí que el graznido del cuerno en los días
terribles, el silbido de Piatock, los sueños de su caballo,
la respiración de mis hijas mientras duermen,
los ladridos de Shila, el mutismo de Tula y el fueye de
César y las nueve sinfonías de Beethoven, todo, todo es
el mismo grito de corazón.


REB ARIEH BEN NAFTULE REPASA

Ahora me doy cuenta de que los planetas que todas las
noches rozan mis manos y las estrellas que de día permanecen
en tus ojos y tu silencio que siempre habita en
el entresijo de mis palabras son ese momento en que el
cielo y la tierra se tocan y reconocen asombrados la
presencia de uno en el otro.


(de La academia de Piatock, Córdoba, Alción, 2010).





ADIVINANZA DEL MIRLO

Ni siquiera la palabra mirlo puede ser el silbido del mirlo,
ni siquiera la belleza, entre escombros, de decirlo: mirlo,
no sólo esa cadencia en el balanceo de las ramas,
sino el silencio al oído que anida en el mirlo
para que el silbido sea solamente mirlo:
es el temblor de las sílabas únicas en los labios,
la claridad del aire como si sus alas me rozaran.


LABERINTO

La palabra palabra como quien da la palabra,
es la moneda en el puño como si sólo mía fuera:
también la limosna es codicia, controversias
en un tartamudeo que todo lo confunde:
por amor o por espanto, pega lo mismo
la brutalidad que borra lo que iba a decir:
sin punto final, sin puntos suspensivos,
y aunque parezca que todo comienza de nuevo,
pena es el grito, gemido el adiós, pronto el silencio.


HUMOS

Acabo de apagar el último, lo juro,
prometo que no más, esta vez va en serio,
aunque haya más últimos, más brasas
que se encandilen a la primera inmediatez,
nuevas maneras de aspirar más hondo
la mentira imprescindible para vivir
como si recién comenzase a ser hombre,
esa niebla que me envuelve de hace años.


GEOMETRÍAS

Hasta la línea recta, que no existe, se cansa
de insistir en ser lo que, por cierto, no es:
advierte, aunque ya es tarde, que ella misma
se cierra en un círculo inabarcable, fantástico,
que por natural naturaleza es horizonte:
la línea recta, inventada para atravesarlo todo,
es ajena a la curva de una mano que encrespa
el remolino de los cuerpos en sí íntimos:
condenada a padecer eterno el infinito,
su oculto deseo, lo sé, es el punto final.


(de El nombre revelado, Buenos Aires, Ediciones En Danza, 2016).


ALBERTO SZPUNBERG (ARGENTINA, Buenos Aires, 1940).